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domingo, 28 de septiembre de 2014

Declaración de paz al amor.




El día que cumplió los dieciocho ya tenía diecinueve.

Era rubia.
Un rubio enfadado e indignado que, cada domingo, contaba los días de la semana que quedaban para volver a empezar otro domingo más.

Ojos color tragedia de septiembre;
perdida en un mundo interior caótico, tan repleto de él que rebosaba vileza.

Se mojaba los labios con sutileza, 
esperando un poco más, 
absorbiendo con ansiedad y ternura el diluvio que llevaba en las mejillas.

Fue entonces cuando intentó esconderse detrás de una sonrisa y se puso a correr en dirección contraria a todo lo que le habían enseñado de pequeña.

No conocía la distancia porque nunca se había atrevido a mirarse a los ojos,
pero estaba más lejos de ella misma que de las ganas que todavía no tenía.

Cada noche, todos los días, le pide tiempo a la imaginación que le ahoga las horas.
Le pide un respiro a la muerte que la acecha cada vez que él resbala por sus brazos;
porque de abrazos está el mundo lleno pero los suyos eran como llegar a casa después de un viaje tedioso y extenuado.

Llevaba el pelo desordenado; 
un simple reflejo de cómo estaba por dentro, 
un destello de sus rincones más misteriosos.

Era rubia.
Un rubio enfadado e indignado que, cada domingo, contaba los días de la semana que quedaban para volver a empezar otro domingo más

con él.

Para dejar de mudar de piel,
para llorar de suerte
y

para morirse en sus laureles.


Porque no estaban hechos el uno para el otro pero, 
                                  al menos, 
se hacían el uno al otro..




jueves, 4 de septiembre de 2014

Pasaje al terror.




Una de esas veces que se repiten siempre en que todo se convierte en nada y quieres que nada te importe en absoluto; 
quizá es una de esas veces en las que la percepción del tiempo es nula
y medimos los días por las horas que nos faltan de sueño -s-.

Decidir ahogarte debajo de cualquier libro y saber mantener la respiración fuera de ellos.
Guardar silencio porque todo lo que puedas decir es como un puñetazo en tu propia boca.

Procesar la dulce indiferencia que te provoca el mundo incómodo que te rodea.
Disimular porque lo que viene es invariable y el factor siempre es el mismo.
Provocar sonrisas al espejo para morirte del gesto.


Perderlo todo para no perder más.
No creer ni en lo que ves.
Recibir golpes y que ninguno sea de suerte.
Morirte de ganas de huir pero no irte por no tener que volver.
Estrellar tu vida contra el suelo.
Querer en bajito.
Estar bien o de verdad.
Llenar el vacío con más vacío.
Buscarte las cosquillas y encontrarlas jugando con la tristeza.

Ponerte un cartel en el pecho de ‘no molestar’

Porque-no-te-da-la-gana
nadie.

Y en plural, tampoco.